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PENTECOSTÉS
Bienaventurado Jesús, ¡cuán distinto es el gozo con que consuelas ahora a quienes renuncian a aquel gozo falso y falaz! ¡Cuánto mejor es tu misericordia que la vida! ¡Cuánto mejor es un día en tus atrios que mil lejos de ti! ¡Cuánto más felices haces a tus pobres con tu pobreza que lo que puede hacerlos el mundo con tan grande afluencia de bienes, donde todo lo que fluye se esfuma y arrastra consigo a quien le está unido! Otras delicias eran las que se derramaban sobre la familia pobre de Cristo, a la cual inundaba el ímpetu del Espíritu, a manera de torrente, y llenó toda la casa donde estaban sentados los apóstoles. La divina Verdad cumplía lo que había prometido por el profeta: Mirad que yo me derramaré sobre vosotros como un río de paz y como un torrente que inunda de gloria las naciones. ¡Cuanta afluencia de bienes para aquellos en quienes se derramó un bien tan grande! ¡Qué gran torrente de bienes brotaba de aquellos de cuyo seno fluían ríos de agua viva! ... A estos gozos, hermanos os invita ahora vuestro Consolador. Con este torrente de sus delicias desea saciar las almas sedientas de los que lo aman. Si alguno tiene sed, dice, venga y beba. ¡Oh liberalidad desbordante de Dios! ¡Inagotable largueza de la bondad divina! Ofrece a todos el Espíritu cuyas primicias dio hoy a los Apóstoles. Abre su tesoro, la fuente de aguas vivas, tanto a los hombres como a los jumentos, como si él mismo fuera deudor de todos, de sabios e ignorantes. Todos los que tenéis sed, dice, venid a las aguas. No hace acepción de personas, no se fija en la condición, no busca méritos, sólo basta tener sed, querer ir. La gracia, en efecto, no admite a los que están hastiados, antes, así como colma de bienes a los hambrientos, despide a los ricos con las manos vacías".
Guerrico de Igny, Pentecostés I, 3-4
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