EL MONJE TRAPENSE

Rafael Arnáiz Barón
ha sido canonizado el domingo 11 de octubre

Homilía del Padre Jorge Peterson

 

Dios es admirable en toda la creación, pero en una manera muy especial y personal, en sus santos. La santidad es siempre una gran obra de Dios que se realiza con la libre y generosa cooperación de una persona humana. Hoy en Roma un monje de nuestra Orden fue canonizado por nuestro Papa Benedicto: Se llama San Rafael Arnáiz, quien vivió entre 1911 y 1938 en España.

            Como el rico en el Evangelio de hoy, era un joven bien dotado con talentos artísticos, con inteligencia y con medios económicos, pero sobre todo con un corazón noble, con una sensibilidad espiritual exquisita.

  

Era un joven cuya alma estaba abierta a Dios. Tenía una personalidad alegre, positiva y atractiva. Amaba muchísimo a sus Padres y ellos a él. Este joven visitó el monasterio trapense de San Isidro, y allí empezó a abrir una nueva profundidad en su alma. Una vez más, Jesús se encontró con un joven rico y empezó a llamarlo. Él mismo intentó describir lo que le pasó: “Lo que vi y pasé en la Trapa, las impresiones que tuve en ese santo Monasterio, no se pueden, o por lo menos, yo no se explicarles y solamente Dios lo sabe.” Cautivado por este “no se que”, y siguiendo los dictados de su corazón hacia Dios y el ansia de llenarse de Él, decidió dejar todo y entregarse a Dios en este camino de vida escondida y anónima. Una vez más la Palabra de Dios era eficaz, y manifestó los sentimientos más hondos del Corazón. Rafael buscaba la sabiduría que vale más que el poder, las riquezas, la salud y la belleza. 

 

            Más tarde el mismo comentó el incidente del Evangelio que hemos escuchado: escribía: “Si aquel joven que se acercó a Jesús para seguirlo no se hubiera asustado del salto que tenía que dar por encima de sus padres, de su hacienda, y se hubiese decidido y tenido coraje para saltar por todo, seguramente no se hubiese entristecido. Por otra parte, yo se por experiencia que una renuncia a todo no es cosa fácil. Comprendo a ese joven que no siguió a Jesús porque era rico.” Rafael no avisó a sus padres lo que le pasaba interiormente hasta el 7 de Enero de 1934. Esto es lo que le costó más: enfrentarse con el sufrimiento que iba a causar a ellos. Gracias a Dios, sus Padres eran personas de fe, y aceptaban la llamada del Señor según esta fe. Creo que cuesta mucho más para muchos jóvenes y muchas jóvenes a quienes sus padres no tienen este espíritu de fe. Estos son más heroicos.

            Un compañero describió su impresión cuando entró en el noviciado: “Rafael, a sus 22 años, era un tipo muy esbelto, vestía elegantísimamente y su rostro estaba impregnado de dulzura.” Entró con todo su entusiasmo a esta nueva vida, tan distinta a la que llevaba antes. Vivía en plenitud y con gran generosidad la vida monástica en todos sus aspectos desde el comienzo. Pero después de solamente 4 meses, empezó a derrumbar su salud por la diabetes. Tuvo que volver a su familia para recuperarse. Todo el mundo pensaba que era el fin de su vocación monástica.

            Pero dos años más tarde pidió entrar de nuevo al monasterio y fue aceptado, pero como oblato. No podría llevar la vida de la comunidad en todo por su salud. De hecho tuvo que salir tres veces en total. La segunda salida fue por ser llamado al ejército; era el tiempo de la guerra civil en España. La tercera salida fue por salud. Las distintas salidas y reingresos marcaron una profundización de su manera de ver la vida monástica. Ponían en evidencia la firmeza de su convicción vocacional y la generosidad de su entrega, hasta morir a los 27 años, el 26 de Abril de 1938.    

            S Rafael Arnáiz es un gran testigo de la trascendencia y de lo absoluto de Dios. No tanto un Dios del que se saben muchas cosas, cuanto un Dios experimentado en la propia vida como Amor Absoluto. Repetía a menudo: Sólo Dios. Su gran atracción a Cristo Crucificado, fue una fuente de amor y de fuerza para llevar los sufrimientos y las humillaciones de su frágil salud. Como oblato, era como el último de la comunidad.

            No puedo en esta homilía mencionar toda la riqueza de la espiritualidad de S Rafael. Sin embargo no puedo omitir destacar su tierna y filial devoción a María. En verdad tuvo una relación muy especial con la Madre de Dios. Y ella con él.

            El Concilio Vaticano II nos ha acordado que todos los bautizados somos llamados a la santidad; ¡nada menos! No es cuestión de solamente salvar nuestras almas, evitando el pecado mortal. Más bien es cooperar con la gracia de Dios para que Él pueda realizar plenamente la persona que Él soñó cuando creó a cada uno, como pudo hacer en nuestro S Rafael Arnáiz.

            En esta Eucaristía nos unimos con el Señor Jesús para recibir la gracia de seguirlo con fidelidad y perseverancia. Que S Rafael interceda por nosotros en nuestras luchas y dificultades.

 


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