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Cuantas cosas se le ocurren a mi alma a propósito de esta palabra y que difícil es expresar la alegría de la soledad al que algunas veces tantas lagrimas le ha costado. Sin embargo, que alegre es el estar solo con Dios, que paz tan grande se respira cuando nos vemos solos… solos el alma y Dios, y que caminos tan distintos lleva el mundo y lleva Cristo. El mundo se busca a si mismo y a si mismo se encuentra. El alma que no busca a Dios, busca otras almas y si no las halla, llora su soledad…. Tristes lágrimas que amargan el corazón y no dan consuelo. Pero el corazón que busca a Cristo ama la soledad de todo y de todos, pues es en esa misma soledad donde Jesús se muestra, es en esa soledad donde busca a las almas, ahí las lleva a veces a costa de dolores y de sacrificios. Es precisamente sola donde Él la quiere. Cuanto cuesta subir esa pequeña pendiente en la que se van dejando tantas ilusiones, a veces afectos, a veces parece que pedazos de alma entera… cuesta Señor, cuesta a veces acompañarte a esas soledades del espíritu y del cuerpo donde quieres llevarnos. Día tras día Jesús va haciendo su obra en el corazón de sus amigos, poco a poco va arrancando, a veces suavemente, a veces de un golpe tantas y tantas cosas que atan al alma a la tierra y a las criaturas. Dejemos hacerle a Él… Él es el dueño de todo… y efectivamente si Dios nos quiere para sí, irremisiblemente nos llevara a la soledad y allí nos hablará al corazón. Que grande es Dios y que bien hace las cosas, lo que al principio tanto nos cuesta, lo que tantas lagrimas nos ha hecho derramar… bendita soledad con Cristo, es nuestro mayor consuelo en la tierra. En esa soledad goza el alma el mayor consuelo de saberse sola con Él.
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