San Benito nació en la región de Nursia (Italia) por el año 480. Todavía adolescente abandona sus estudios que cursaba en Roma y se retira a la soledad de Subiaco deseando agradar sólo a Dios. Después de llevar un tiempo de vida eremítica comienza a tener sus primeros discípulos. Deja Subiaco y funda en el año 529 el monasterio de Montecasino donde escribe una Regla «notable por su discreción y clara en su lenguaje» (San Gregorio, Dial. II) que se ha convertido en programa de vida para monjes y monjas hasta el día de hoy. En el año 1964 el Papa Pablo VI declara a San Benito "patrono de Europa".

El monje es un cristiano que desea ardientemente habitar en la morada del Señor porque sabe que sólo ahí encuentra la vida verdadera y eterna. Movido pues, por este deseo y confiando en el auxilio de Dios, el monje se dispone a correr por el camino de sus mandamientos tomando por guía el Evangelio. ¿Cómo hace esto?

 

 

La Regla de San Benito
nos impulsa a vivir:

...vive en un monasterio y milita bajo una Regla y un abad.

 

 

 

Fraternalmente


En el monasterio nos esforzamos por crecer en la caridad fraterna, que se expresa diariamente compartiendo la mesa, la oración común, especialmente la Eucaristía, y en la vida comunitaria en general. San Benito nos pide que seamos diligentes en servirnos y honrarnos mutuamente buscando en todo no lo que parece útil para sí sino para los demás.

Teniendo todo en común


Si bien los monjes no poseemos nada propio, el abad se ocupa de que a ninguno falte lo necesario, dando a cada uno de acuerdo a lo que necesita, pues algunos hermanos necesitan más y otros menos, de modo que nadie se perturbe ni aflija en la casa de Dios.

Guiados por un abad


Para que en todo reine la paz y la caridad San Benito confía al abad la organización del monasterio. Éste, que hace las veces de Cristo en el monasterio, debe saber guiar a los hermanos de manera que puedan hacer buen uso de los bienes que el Señor depositó en cada uno. Ha de preferir siempre la misericordia a la justicia y ha de procurar ser más amado que temido por los hermanos. A su vez los monjes debemos amar al abad con una caridad sincera y humilde buscando no anteponer nada absolutamente a Cristo, el cual nos lleve a todos juntos a la vida eterna.

Compartiendo responsabilidades


Cuando hay que tratar asuntos de importancia en el monasterio, el abad convoca a toda la comunidad de modo que oyendo el consejo de los hermanos pueda disponer lo que juzgue mejor y nombrar también hermanos con los que pueda compartir confiadamente su responsabilidad.

 

Perseverando en la oración


Cuando todavía es de noche nos levantamos para orar ya que la misma Escritura nos exhorta: "ya es hora de levantarnos del sueño" (Rm 13,11). Santificamos después la jornada celebrando, según las horas del día, el Oficio Divino de la Iglesia: laudes, tercia, sexta, nona, vísperas y completas. La cumbre de nuestra vida de oración es la celebración diaria de la Eucaristía, en la que comulgando con el Cuerpo de Cristo hacemos nuestros los sufrimientos, gozos y esperanzas de toda la humanidad.

 

Trabajando para subsistir




Nos ocupamos en ciertos tiempos en el trabajo manual y a ciertas horas en la lectio divina de manera que nunca estemos ociosos. Si alguno, además, posee alguna habilidad manual o intelectual, puede ejercerla con toda humildad si el abad así lo permite.

Acogiendo al huésped y al peregrino


En nuestras hospederías acogemos personas que buscan reencontrarse con Dios y consigo mismas en un ambiente de paz, silencio y oración.

Ayudando a discernir


Cuando alguien manifiesta interés por ingresar a la vida monástica comienza entonces un discernimiento con un padre o una madre espiritual que lo ayuda a descubrir la voluntad de Dios. El criterio último del discernimiento espiritual será que la persona busque verdaderamente a Dios.

 

Canto Gregoriano
Laetatus sum
Gradual