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Orar por la unidad no está reservado
a quien vive en un contexto de división entre los cristianos.
En el diálogo íntimo y personal que cada uno de
nosotros debe tener con el Señor en la oración,
no puede excluirse la preocupación por la unidad. En efecto,
sólo de este modo ésta formará parte plenamente
de la realidad de nuestra vida y de los compromisos que hayamos
asumido en la Iglesia.
Para poner de relieve esta exigencia,
he querido proponer a los fieles de la Iglesia católica
un modelo que me parece ejemplar, el de una religiosa trapense,
María Gabriela de la Unidad, que proclamé beata
el 25 de enero de 1983.
Sor María Gabriela, llamada por
su vocación a vivir alejada del mundo, dedicó su
existencia a la meditación y a la oración centrada
en el capítulo 17 del Evangelio de san Juan y la ofreció
por la unidad de los cristianos.
Este es el soporte de toda oración
: la entrega total y sin reservas de la propia vida del Padre,
por medio del Hijo, en el Espíritu Santo. El ejemplo de
sor María Gabriela nos enseña, nos hace comprender
como no existen tiempos, situaciones o lugares particulares para
rezar por la unidad. La oración de Cristo al Padre es
modelo para todos, siempre y en todo lugar.
Juan Pablo II,
Encíclica 'Ut unum
sint', 1995, n° 27
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